La sanidad que me espera (o esperaba)

Este texto empecé a escribirlo hace muchos meses (en diciembre de 2018) y en ningún caso podía imaginar lo que ahora ha ocurrido. La introducción es la misma, pero el final de la historia será muy distinto después del COVID-1

Estoy a dos pasos de la jubilación y me temo que no voy a disfrutar de los excelentes servicios de salud a los que he dedicado mi vida laboral. Cuando hace años, con mi título de enfermera en la mano, empecé a buscar trabajo, no se me ocurrió ni por un momento acercarme a la seguridad social. No era atractivo para los profesionales en aquel momento –parece un dejà vu–.

Esa situación, sin embargo, cambió de repente con las primeras elecciones democráticas. Los servicios públicos empezaron a imitar los modelos que en Europa llevaban años de recorrido. La sanidad, la educación, Correos, Renfe, Telefónica, etc. Miles de puestos de trabajo de funcionarios que mejoraban la vida de los ciudadanos y abrían un futuro laboral a los jóvenes de la época.

Para ilustrar ese cambio repentino, me gusta recordar una anécdota. Empecé a trabajar en una clínica privada, donde, además de todas las tareas asistenciales, al acabar la jornada, nos tocaba preparar material para esterilizar. Usábamos jeringas de cristal y agujas con el cono metálico que lavábamos y preparábamos después de cada uso. Una vez secas, pasábamos un fiador a través de la luz de las agujas para retirar los posibles restos de medicación que pudieran haber quedado ­–se usaban a menudo antibióticos que cristalizaban con facilidad–. Después de eso comprobábamos si la punta de la aguja seguía afilada, pasándola por un algodón, y si estaba despuntada, la afilábamos con una piedra pómez.

Teniendo eso en cuenta, el cuidado que poníamos y las horas de trabajo que dedicábamos a esa tarea, puede entenderse la sensación que tuve el primer día en un hospital de la Seguridad Social. Empecé a trabajar en una planta de pediatría, y me tocó administrar los inyectables. Había preparado una bandeja con unas diez jeringas, con sus agujas desechables correspondientes, cada una de ellas marcada con el número de la habitación en rotulador permanente. Al regresar a la sala de curas, tuve que vaciar en una papelera todo el material usado. De una vez. Todo a la basura. Aún recuerdo el vacío en el estómago. Era como si estuviera traicionando a todo lo que había dejado atrás.

Ha pasado mucho tiempo y nuestra sanidad ha mejorado hasta convertirse en un referente mundial, aunque la gestión económica no ha seguido paralela a la evolución científica y profesional. Pasamos de una época en que las monjas y los curas, en nombre de la Iglesia, ponían la economía por delante de los pacientes, a otra en que el derroche y la corrupción no sorprendían a casi nadie.

Me viene a la memoria algo que explicaba un médico con el que trabajé. Se jactaba de haberse llevado a su casa un aparato de aire acondicionado que llevaba meses en un pasillo junto con otros muchos aún en sus cajas, seguro de que nadie lo echaría en falta. Puedo suponer que su sospecha se cumplió y acabó instalándose el aparato en su propio salón.

También recuerdo, en los primeros tiempos en la sanidad privada, como entraban pacientes a quirófano que eran asegurados de la propia entidad y a los que se pedía la cartilla de afiliación a la Seguridad Social, para facturar la intervención y el resto de servicios a las cuentas públicas. A mi me lo explicaba, extrañado, un administrativo con el que tenía confianza. Algo parecido se vuelve a hacer ahora: dadas las interminables listas de espera en los hospitales de utilidad pública, a los pacientes que se quejan, se les da la oportunidad de operarse en otro centro privado que a su vez facturará los gastos a las arcas públicas.

Aquí me quedé escribiendo y desde aquí sigo (1 de abril de 2020)

¿Y ahora qué? ¿Qué pasará cuando la cita de las 20 h para aplaudir a los héroes sanitarios quede abolida por decisión popular, tal como empezó?, ¿Qué pasará cuando cientos, miles de personas, hayan perdido amigos, familiares i/o estabilidad económica?. ¿Hacia donde dirigirán la mirada? ¿Quién esperaran que les defienda? ¿Qué cantos de sirena escucharán?.

Y al hilo de mi pregunta inicial: ¿Qué sanidad nos espera?. ¿Se valorará más la sanidad pública a partir de esta crisis?, ¿Será al contrario?. Tal vez la mala gestión desde las Instituciones haya hecho perder la confianza a muchos. Nada sabemos de lo que ocurre en los centros privados. ¿Cómo se está tratando a los afectados en los mejores centros privados de España?. ¿Tienen respiradores y camas de UCI suficientes?, ¿Tienen los sanitarios el material de protección que necesitan en calidad y cantidad?.

Voy a especular:

Si la economía no fuera a sufrir lo que ya tememos que sufrirá, tal vez la tendencia a privatizar se frenaría y se haría evidente que la única forma de salvarnos es haciéndolo juntos ­–está por ver la evolución de la pandemia en EEUU, con una cobertura sanitaria solo al alcance de unos cuantos.– Lo que creo que ha quedado claro es la alta preparación de los profesionales de este país –que no es lo mismo que el sistema sanitario, fragmentado por las autonomías– y la vocación de servicio de los trabajadores públicos.

No hemos perdido aún las raíces cristianas que nos llevan a tratar con compasión a los que sufren, y a poner en peligro nuestra vida por salvar a un prójimo desconocido. Pero esa condición nos hace fuertes y vulnerables al mismo tiempo:

Ese talante impide que a los menesterosos no les falte una palabra de consuelo, una caricia mientras reciben el tratamiento que les es pautado (no siempre el mejor de los disponibles). Pero es esa garantía de unos cuidados excelentes desde el punto de vista humano lo que permite a los políticos sin escrúpulos vender los servicios de salud al mejor postor (véase multinacional norteamericana), porque saben que su conciencia está tranquila. Nadie se quedará sin una asistencia mínima, y al final –hay que ser realistas– no llega para todos, se consuelan pensando.

También puede darse otro escenario: Que los jóvenes preparados, inteligentes y conectados que hoy observan con ojos críticos el des-orden mundial, decidan que hay que destinar a la sanidad un porcentaje más alto de impuestos, que la sanidad tiene que ser un servicio público y excelente si queremos mantener la salud y la calidad de vida.

Tal vez hayan aprendido que estamos conectados y que dependemos todos de todos, y encuentren soluciones más justas y distintas de las que hemos encontrado sus mayores.

Ojalá sea así!