La elegancia: otra forma de dejarse cuidar

Escribí este texto hace ya un tiempo y ahora me ha venido a la memoria pensando en los profesionales que trabajan al límite de sus fuerzas. Ojalá todos los pacientes se comportaran como el de mi historia

Decía Cocó Chanel que la sencillez es la clave de la elegancia, y pensé en sus diseños de tejidos carísimos expuestos en boutiques de lujo, y probablemente eso era a lo que ella se refería. No sólo fue por esa definición, pero durante mucho tiempo se me hizo difícil ver elegancia en un tejido de polyester o en unos zapatos de poli piel. Pensaba en los materiales, en la combinación de los complementos, en el perfume. También, claro está, tenía en cuenta el aspecto físico de la persona, la forma de moverse, de hablar, e incluso de permanecer en silencio.

Hubiera dicho que, inspirada por esas ideas y otras similares, mi definición de elegancia, durante mucho tiempo, consistió en una combinación de prendas de vestir de buena calidad llevadas con discreción. En todo caso, el vestido era una condición sine qua non para ser elegante. Así fue hasta que conocí a una persona excepcional en una situación curiosa, y aunque me alargue un poco, intentaré contarla con cierto lujo de detalles.

No recuerdo el año, pero sé que entonces trabajaba algunas noches haciendo horas extraordinarias como enfermera en una clínica privada. No era un trabajo regular, pero las Navidades las tenía aseguradas. Había un ambiente curioso esos días. Los pacientes que continuaban ingresados lo hacían por dos razones: o estaban tan enfermos que no podían estar en su casa, o estaban tan solos que se justificaba por su enfermedad que permanecieran ingresados y por tanto acompañados.

Photo by Martha Dominguez de Gouveia on Unsplash

En cuanto al personal, ocurría algo parecido. Quedaban los más jóvenes o de más reciente incorporación, y por tanto con pocas posibilidades de competir por un buen turno de vacaciones, o, como en mi caso, aquellos que necesitábamos dinero extra y aprovechábamos los días en que las horas eran pagadas a mejor precio. No negaré que yo obtenía un beneficio adicional: no tenía que aguantar comentarios familiares sobre mi estado de ánimo que en aquellos días no era el más envidiable. Siempre he pensado que la Navidad hace parecer más tristes a los que están tristes por el contraste con las risas familiares por los regalos, los villancicos y los comentarios graciosos.

En aquellos días no estaba para fiestas, pero me entregaba con pasión a mi trabajo y disfrutaba conociendo gente nueva y compartiendo las cenas improvisadas entre timbre y timbre. A veces, he de reconocerlo, las llamadas de los pacientes por motivos absurdos en los momentos claves, me exasperaban. Y me refiero, como ejemplo, a llamar por un vaso de agua cuando faltan dos minutos para las campanadas de fin de año. Por suerte no era yo sola la que se crispaba, de puertas adentro, eso sí.

No recuerdo que fuera un momento especial, pero era Navidad. Había pasado ya la medianoche y yo volvía por el pasillo cuando vi encenderse el piloto rojo sobre la puerta de una habitación.

Entré y pregunté:

  • ¿Qué necesitan? — pregunté sin saber quién iba a responder porque no distinguía en la oscuridad cuál de los dos pacientes había llamado.
  • Señorita, soy yo, ¿me puede acompañar al baño por favor?

A los pocos segundos vi una figura que se ponía en pie muy lentamente y me acerqué a él. Era un hombre mayor, más de ochenta años pensé. No tenía acompañante. Debía ser de los que estaban más acompañados en el hospital que en su casa, pensé. Me ofrecí a ayudarle a levantarse, pero con un gesto suave rechazó mi oferta —puedo hacerlo solo, no se moleste— y siguió incorporándose, poniéndose las zapatillas, mientras yo le observaba. Le veía allí inclinado por el peso de los años, o la falta de tensión muscular, que es lo mismo. Esbozaba una leve sonrisa, como si ser viejo, estar enfermo y encontrarse solo en Navidad fueran hechos sin importancia. Por fin consiguió enderezarse lo suficiente para empezar a caminar hacia el baño. Iba desnudo con la bata del hospital, de esas abiertas por atrás y que dejan la dignidad al descubierto. Entró en el baño y me ofrecí a sujetarle viendo su fragilidad.

—No es necesario, señorita, yo la aviso cuando termine.

Y seguí pensando: no creo que pueda decirse que uno vaya “vestido” con esas batas. Es la forma más denigrante que se me ocurre de tratar a un enfermo. Es la imagen que muestra cómo el enfermo está al servicio de la organización y no al contrario. No conozco en mi mundo cotidiano otra prenda de vestir que atente tanto contra la elegancia y la dignidad, tanto que cuando alguien me hace daño, ni siquiera me molesto en odiarlo, sólo le deseo secretamente que acabe medio cubierto con una de ellas por el pasillo de un hospital. Al cabo de un rato oí de nuevo su voz:

—Señorita, ¿sería tan amable de acompañarme a la cama?

—Por supuesto, apóyese en mi brazo.

Ya con la luz encendida, le acompañé a su cama, le ayudé a acostarse y le arropé. Cuando colocaba sus cosas, reparé en un ejemplar de la Biblia en la mesita de noche y me sorprendió. Me despedí de él con agradecimiento.

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No recuerdo en todos los años de mi carrera profesional que nadie que me haya pedido algo con tanta amabilidad, humildad y educación y me lo haya agradecido de la misma manera.

Después de aquel momento mi definición de elegancia cambió para siempre. Aprendí que no hace falta que el tejido sea de buena calidad ni que tenga un corte perfecto, ni siquiera es necesario ir vestido, porque la elegancia es algo que emana de una personalidad madura, generosa, en paz con uno mismo y con la vida. Algo difícil de conseguir y que no tiene que ver con el precio del vestido.